«Bajo las jubeas en flor», de Angélica Gorodischer: ¿por qué sigue leyéndose y qué leer después?

«Bajo las jubeas en flor» (1973) es el libro de seis relatos largos con el que Angélica Gorodischer dejó de probar la ciencia ficción y empezó a escribirla a su manera. Sigue leyéndose porque pone el peso en quién cuenta la historia y en la ironía con que lo cuenta. Después conviene leer Trafalgar (1979) y Kalpa Imperial (1983-1984).
Si llegas desde Asimov, el cambio de registro se nota en la primera página. Asimov quería que la idea se entendiera sin ruido. A Gorodischer le interesa quién habla, qué se calla y de qué se ríe. Esa diferencia explica casi todo lo que sigue.
¿Quién fue Angélica Gorodischer?
Nació en Buenos Aires en 1928, vivió casi toda su vida en Rosario y murió allí el 5 de febrero de 2022. Empezó a publicar en los años sesenta, con Cuentos con soldados (1965), y pasó por la ciencia ficción, la fantasía, el policíaco y la novela de corte feminista sin quedarse quieta en ninguno de ellos. En 2011 recibió el World Fantasy Award a la trayectoria, un premio que muy pocos autores en español han recibido.
¿Qué contiene «Bajo las jubeas en flor»?
Son seis relatos, varios tan largos que casi son novelas cortas:
- «Bajo las jubeas en flor»
- «Los sargazos»
- «Veintitrés escribas»
- «Onomatopeya del ojo silencioso»
- «Los embriones del violeta»
- «Semejante día»
El más conocido es «Los embriones del violeta». Un grupo de hombres queda varado en un planeta donde unas manchas de luz violeta materializan lo que desean, y lo que acaban deseando dice más de ellos que del planeta. Es el relato que más se ha antologado y traducido. La revista estadounidense Lightspeed lo publicó en inglés, y para mucha gente de fuera fue la primera noticia de que existía este libro.
¿Por qué se dice que con este libro se instaló en el género?
Gorodischer ya había entrado en la ciencia ficción con la novela Opus dos (1967) y con algunos cuentos de Las pelucas (1968). En esos libros todavía se nota que estaba tanteando. En Bajo las jubeas en flor ya tiene un método: coge el repertorio del género (planetas lejanos, expediciones, sociedades extrañas) y lo usa para mirar cómo se comporta la gente cuando nadie la juzga. Los decorados son reconocibles para cualquier lector de la ciencia ficción anglosajona, pero los protagonistas no son ingenieros que resuelven un problema. Son personas con vanidades, miedos y costumbres que se llevan consigo a otro mundo.
¿Qué hace con el humor?
Su humor nace de cómo hablan los personajes. Casi nunca hay chistes. Muchos se explican con aplomo y no ven lo que el lector ve enseguida, y la gracia está en esa distancia. Es una ironía seca, muy rioplatense, que no avisa. En «Los embriones del violeta» la situación tiene algo de farsa, pero los personajes se la toman en serio, y por eso el relato funciona a la vez como comedia y como retrato bastante duro de la masculinidad.
Hay lectores que lo encuentran frío o demasiado cerebral. Es una objeción razonable: Gorodischer no siempre deja que el lector se encariñe con nadie. Pero esa contención es la que impide que la ironía se convierta en burla.
¿Y qué hace con el punto de vista?
En la ciencia ficción clásica el narrador suele ser transparente: está ahí para que entiendas la idea. En Gorodischer el narrador es parte del asunto. Cuenta con sesgos, recorta, adorna, y el lector tiene que leer entre líneas para reconstruir lo que pasó. Ese recurso lo llevará más lejos en sus libros siguientes: en Trafalgar todo llega de oídas, por boca de un comerciante que lo cuenta tomando café, y en Kalpa Imperial la historia del imperio es la suma de lo que cuentan distintos narradores. En Bajo las jubeas en flor está el germen de las dos cosas.
¿Por qué se lee hoy más que muchos de sus contemporáneos?
No hay cifras de ventas comparables que permitan medirlo. Lo que sí se puede comprobar es su presencia en otras lenguas, y ahí la diferencia es grande. Ursula K. Le Guin tradujo al inglés Kalpa Imperial (Small Beer Press, 2003), algo que ningún otro autor argentino de ciencia ficción de su generación consiguió. Amalia Gladhart tradujo Trafalgar en la misma editorial en 2013. A eso se suman el premio de 2011 y los relatos en revistas como Lightspeed. Con todo eso, Gorodischer pasó de figura local a autora que se estudia y se reedita.
Hay también una razón de fondo: los temas que le interesaban (el género, el poder y quién cuenta la historia) son los que hoy ocupan a buena parte del género. Leída en 2026, parece menos fechada que mucha ciencia ficción de los setenta.
¿Qué leer después de «Bajo las jubeas en flor»?
| Libro | Año | Qué es | Para quién |
|---|---|---|---|
| Trafalgar | 1979 | Relatos de un comerciante rosarino que viaja a otros planetas y lo cuenta en un bar | Quien haya disfrutado del humor |
| Kalpa Imperial | 1983-1984 | Historia de un imperio inventado, contada por varios narradores (dos volúmenes) | Quien venga de Fundación y quiera otra forma de contar un imperio |
| Opus dos | 1967 | Su primera novela de ciencia ficción | Quien quiera ver de dónde sale todo |
| Las pelucas | 1968 | Relatos de la etapa anterior | Lectores completistas |
Hay un argumento para empezar por Trafalgar en vez de por Bajo las jubeas en flor: es más ligero y se encuentra con más facilidad. Aun así, nosotros recomendamos este orden, porque en los relatos de 1973 se ven sus herramientas sin rodeos y después reconoces cómo las usa en lo demás.
Cómo encaja si vienes de Asimov
Kalpa Imperial se compara a menudo con Fundación porque los dos libros tratan del auge y la caída de un imperio. Lo que no comparten es el método. Asimov confía en la psicohistoria, en que la historia se puede calcular. Gorodischer piensa que la historia es lo que alguien decide contar, y por eso cambia de narrador. Leídos uno detrás de otro, se entienden mejor los dos.
Si quieres una recomendación concreta, lee primero «Los embriones del violeta». Si te gusta cómo se ríe y cómo engaña su narrador, sigue con el resto del libro y después con Trafalgar. Si te interesan más las ideas que el tono, ve directo a Kalpa Imperial.