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Asimov Ciencia Ficción
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Bóvedas de acero: la novela con la que Asimov mezcló policíaco y ciencia ficción sin hacer trampas

· revisado el · El archivero
Bóvedas de acero: la novela con la que Asimov mezcló policíaco y ciencia ficción sin hacer trampas

Horace L. Gold, que dirigía Galaxy Science Fiction y tenía fama de pedir cosas raras a sus autores, le propuso a Asimov a principios de los cincuenta una novela de robots. Asimov contó después que lo que le salió fue una novela policíaca, y que enseguida apareció la pega de siempre: eso no se puede hacer. No lo decía un lector aislado. Era el consenso del gremio, y Asimov lo repitió en sus memorias con la misma frase con la que se lo habían soltado a él: en una historia de detectives ambientada en el futuro, el autor puede sacarse de la manga un artefacto en la última página y resolver el caso. Tramposo por diseño.

Su respuesta fue una regla que se autoimpuso y que no rompe: el lector dispone exactamente de la misma información que el detective. Las reglas del mundo se enuncian antes de que hagan falta, la tecnología se explica cuando aparece y ninguna pista llega de un cacharro que no se hubiera presentado. Con esa restricción escribió The Caves of Steel, serializada en Galaxy entre octubre y diciembre de 1953 y publicada en volumen por Doubleday en 1954. En español circula desde hace décadas como Bóvedas de acero, aunque el título original hable de cuevas.

Por qué se decía que no se podía

La novela de misterio clásica funciona como un contrato. El autor esconde la solución pero enseña todas las piezas; el lector, en teoría, puede llegar antes. Los Diez Mandamientos de Ronald Knox y las normas de S. S. Van Dine, de los años veinte, habían puesto por escrito ese contrato: nada de venenos desconocidos por la ciencia, nada de pasadizos secretos que aparezcan en el capítulo final.

La ciencia ficción parecía la negación de todo eso. Si el detective vive en un mundo donde existen los robots positrónicos y los viajes interestelares, ¿cómo va a saber el lector qué es posible y qué no? Cualquier cierre podía justificarse. Ese era el argumento, y sostenerlo no requería mala fe: era sencillamente lo que se veía en el mercado.

La trampa se evita enseñando el reglamento

Asimov encontró la salida en algo que ya tenía escrito. Las Tres Leyes de la Robótica funcionan aquí como el reglamento de un juego. No son adorno: son el conjunto de restricciones que el lector conoce desde la primera página y que acotan lo que puede haber pasado. Un robot no puede matar a un ser humano. De acuerdo. Entonces, si hay un cadáver, el espacio de soluciones se estrecha, y estrecharlo es justo lo que hace una buena novela de detectives.

El resto del mundo se construye con el mismo criterio. Nueva York es una ciudad cubierta de miles de millones de toneladas de acero, con ocho millones de habitantes que nunca salen al exterior, cintas transportadoras, cocinas comunitarias y aseos personales como signo de estatus. Todo eso se cuenta antes de que importe, porque después importa. La agorafobia de Elijah Baley, policía de Nueva York, no es un rasgo pintoresco: condiciona por dónde puede moverse el investigador y, por tanto, qué puede averiguar.

El caso

Roj Nemennuh Sarton, roboticista espacial, aparece muerto en Ciudad Espacial, el enclave donde viven los colonos venidos de los Mundos Exteriores. El comisario Julius Enderby le encarga el caso a Baley, y le impone un compañero: R. Daneel Olivaw, un robot humaniforme indistinguible de una persona. Ahí ya hay tres presiones cruzadas —el resentimiento de los terrícolas contra los robots que les quitan el trabajo, el desprecio espacial hacia la Tierra y un policía que no soporta a su propio compañero— y ninguna de las tres es decorado.

La investigación avanza como en cualquier novela del género: Baley formula una hipótesis, la sostiene con energía y se equivoca. Tres veces. Mientras tanto, el lector tiene delante los dos hechos raros del caso: el arma no aparece por ninguna parte, aunque el escenario se registró a fondo, y las gafas del comisario. Quien se fije en cuándo y por qué se rompen unas gafas tiene la solución antes que Baley.

Si vas a leerla, no sigas este párrafo. La respuesta encaja porque respeta el reglamento: un ser humano no pudo entrar armado en Ciudad Espacial, pero un robot sí pudo llevar el arma hasta allí sin infringir la Primera Ley, porque su objetivo previsto no era una persona. El disparo iba dirigido a Daneel. Sarton murió porque el robot había sido construido a su imagen. Ni un solo elemento nuevo en la resolución: todos estaban puestos.

Lo que vino después

La pareja aguantó tres novelas y un relato, y cada entrega es una variación deliberada del mismo problema:

Título Original y año Escenario Qué prueba
Bóvedas de acero The Caves of Steel, 1954 Nueva York cubierta Misterio de habitación cerrada con robots
El sol desnudo The Naked Sun, 1957 Solaria Un crimen donde nadie se ve en persona
Espejismo (relato) Mirror Image, 1972 Una nave Dos testigos idénticos que se contradicen
Los robots del amanecer The Robots of Dawn, 1983 Aurora La víctima es un robot

El sol desnudo se publicó primero por entregas en Astounding y en libro en Doubleday en 1957, y es la vuelta de tuerca más limpia: en Solaria la gente se ve por proyección holográfica y encontrarse físicamente con otro humano provoca repugnancia, así que el asesinato exige la única cosa que allí nadie hace. Los robots del amanecer llegó veintiséis años después, cuando Asimov ya estaba cosiendo el universo de los robots con el de la Fundación, y el crimen es la destrucción mental de un robot.

Dónde discrepan los lectores

Hay dos reproches que aparecen siempre. El primero: que Baley se equivoca tanto que sus deducciones parecen ocurrencias más que razonamiento. Es cierto que el método de Baley es acusar y ver qué pasa, aunque también es el modo en que Asimov mantiene el ritmo sin dar información al lector por la puerta de atrás.

El segundo afecta a Los robots del amanecer: buena parte de los lectores veteranos sostiene que ya no es una novela policíaca, sino una novela de ideas con un caso como excusa, porque la solución depende de una discusión teórica sobre cerebros positrónicos más que de pistas repartidas. Ahí el consenso nos parece acertado; el juego limpio de 1954 se afloja bastante en 1983.

Y un apunte para curiosos: la BBC emitió en 1964 una adaptación televisada de Bóvedas de acero con Peter Cushing como Baley. La cinta se borró, como tantas de aquella época, y hoy no se conserva.

Cómo leerla hoy

Empieza por Bóvedas de acero aunque hayas leído poco o nada de Asimov. No exige conocer Yo, robot: las Tres Leyes se explican dentro. Sigue con El sol desnudo, que es la mejor de las dos como rompecabezas. Y deja Los robots del amanecer para cuando quieras ver cómo se conecta todo esto con el resto del universo del autor, más que para resolver un caso.

Lee con un lápiz al lado la primera. La regla del juego limpio se cumple, y comprobarlo es la mitad de la diversión.

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