Han encontrado un agujero negro invisible mirando lo que salió despedido de él

Hay un tipo de razonamiento que la ciencia ficción clásica usó mil veces y que en la realidad sale menos de lo que parece: deducir la existencia de algo que no se puede ver a partir de lo que ese algo le hace a lo que sí se ve.
Acaba de ocurrir con un agujero negro supermasivo, y merece la pena contarlo despacio porque el método es más interesante que la noticia.
El problema de partida
Los agujeros negros que salen en las fotos no se ven tampoco. Lo que se ve es el material que gira a su alrededor antes de caer, calentado hasta brillar. El anillo luminoso es el delator.
Pero un agujero negro que no tenga nada cerca que caer no calienta nada, no brilla nada y no aparece en ninguna imagen. Está ahí y es invisible.
Uno de esos vive, según parece, en la Gran Nube de Magallanes, la galaxia enana que acompaña a la nuestra.
Cómo se caza algo así
Por las huellas. Concretamente, por unas estrellas muy raras llamadas hiperveloces: estrellas que van tan rápido que no están ligadas a ninguna galaxia, se marchan y no vuelven.
Una estrella no alcanza esa velocidad por casualidad. El mecanismo que las produce se llama mecanismo de Hills y es de una brutalidad elegante: llega un sistema de dos estrellas girando una alrededor de la otra, pasa demasiado cerca de un agujero negro, la pareja se rompe, una de las dos se queda atrapada y la otra sale disparada con la energía que sobra.
Es una honda gravitatoria. La que usan las sondas para llegar a los planetas exteriores, pero con estrellas y con un agujero negro haciendo de tirachinas.
El hallazgo
Los autores reconstruyeron de dónde venían las estrellas hiperveloces de un sondeo.
La expectativa razonable era que vinieran del centro de la Vía Láctea, donde está Sagitario A*, nuestro agujero negro supermasivo, que es el sospechoso habitual.
La mitad no venía de ahí. Venía de la Gran Nube de Magallanes.
Y con eso se puede hacer una cuenta: a partir de las velocidades con que salieron y de cuántas vienen de un sitio y cuántas de otro, se acota la masa del objeto que las lanzó. Sale en torno a 600.000 masas solares.
Hay un detalle que le da a esto una cualidad casi narrativa: esas estrellas fugitivas se agrupan en el cielo hacia la constelación de Leo. Se puede señalar la dirección.
Lo que no es
Conviene decirlo porque el asunto circula envuelto en alarma.
La Gran Nube de Magallanes no viene hacia nosotros como un objeto suelto que se acerca: es una galaxia satélite, lleva ahí desde siempre y ya está ligada a la nuestra. Lo nuevo no es su trayectoria, es que hemos detectado lo que lleva dentro.
Y la fusión de las dos galaxias, que se estima en unos dos mil millones de años, tampoco es una catástrofe para nada que esté dentro de ellas. Las galaxias son mayoritariamente espacio vacío: se atraviesan sin que las estrellas lleguen a chocar entre sí.
Por qué esto es de los hallazgos que gustan
Porque no hizo falta un instrumento nuevo. Hizo falta mirar unos datos ya existentes y hacerse la pregunta correcta: si estas estrellas van tan rápido, ¿quién las tiró, y desde dónde?
La ciencia ficción clásica está llena de detectives que resuelven el caso sin ver nunca al culpable, solo por lo que deja detrás. Resulta que en astronomía eso no es un recurso narrativo: es buena parte del oficio.