Fundación y el Imperio Romano: qué copió Asimov de Gibbon

La respuesta corta es que copió el esqueleto: un imperio enorme que se pudre desde el centro, unas provincias lejanas que se independizan y se convierten en reinos militarizados, una religión que funciona como instrumento político y una decadencia que dura siglos en vez de estallar en un día. Asimov nunca lo ocultó. Contó muchas veces que la idea se le ocurrió en agosto de 1941, de camino a las oficinas de Astounding Science Fiction para ver a John W. Campbell, y que venía de leer la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano (The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, 1776-1788) de Edward Gibbon, un libro al que volvió más de una vez a lo largo de su vida.
La respuesta larga es más interesante, porque Asimov no calca a Gibbon: lo usa como andamio y luego le lleva la contraria en los dos puntos que más le importaban. Si ya has terminado la trilogía —Fundación (1951), Fundación e Imperio (1952) y Segunda Fundación (1953), publicadas primero por Gnome Press a partir de los relatos aparecidos en Astounding entre 1942 y 1950—, este es el tipo de relectura que te cambia lo que creías haber leído.
Trántor es Roma, y lo es por el estómago
El paralelismo más obvio también es el mejor construido. Trántor aparece en la novela como un planeta entero recubierto de metal, con cuarenta mil millones de habitantes y ni un solo campo de cultivo. Depende por completo de mundos agrícolas que le mandan comida desde fuera. Es exactamente el problema de la Roma imperial, alimentada por el grano de Egipto y del norte de África: una capital monstruosa cuya supervivencia depende de rutas que ella misma tiene cada vez menos capacidad de proteger.
Asimov remata el paralelismo con el saqueo. En Segunda Fundación, Trántor ya es un mundo devastado y reconvertido en tierra de labranza, donde vive gente como Preem Palver, y sus bibliotecas monumentales sobreviven vacías. Roma fue saqueada por los visigodos de Alarico en el 410 y por los vándalos en el 455, y siguió existiendo décadas como una ciudad mucho más pequeña dentro de sus propias murallas imperiales. La imagen del campesino arando junto a las ruinas del centro administrativo del mundo es puro Gibbon.
Los Cuatro Reinos y los reinos bárbaros
La primera crisis de Términus la provocan Anacreonte, Smyrno, Konom y Daribow: provincias exteriores que se declaran independientes, conservan el aparato militar imperial y pierden la capacidad de mantenerlo. Es el mecanismo que Gibbon describe en las provincias occidentales, donde los reinos germánicos heredan estructuras romanas que ya no saben reproducir. En Asimov el detalle técnico es el que hace el trabajo: Anacreonte tiene naves de guerra y no tiene físicos nucleares capaces de repararlas.
La religión: aquí Asimov invierte a Gibbon
Este es el punto donde la comparación deja de ser un homenaje. Los capítulos XV y XVI de Gibbon, los que le costaron una polémica que le duró el resto de su carrera, sostienen que el cristianismo contribuyó a debilitar el Imperio: desvió energías cívicas hacia lo espiritual y minó la lealtad al Estado.
Asimov le da la vuelta al argumento. La religión científica que Salvor Hardin monta en Los alcaldes —el relato apareció como Bridle and Saddle en Astounding en junio de 1942, y de ahí sale la frase más citada de la saga, «la violencia es el último recurso del incompetente»— es una herramienta ofensiva de la periferia contra los reinos vecinos. Los técnicos de Términus van a Anacreonte disfrazados de sacerdotes, y quien controla el mantenimiento de las centrales controla el planeta. La fe debilita a quien la recibe, no a quien la fabrica.
Y dura poco. En Los comerciantes príncipes (The Big and the Little, agosto de 1944), Hober Mallow constata que la religión ha dejado de colar y la sustituye por el comercio. Esa fase mercantil de la Fundación no tiene equivalente romano y se parece bastante más a las compañías comerciales europeas de los siglos XVII y XVIII. Quien defienda que la trilogía es una alegoría romana punto por punto tiene que explicar de dónde sale Mallow.
Bel Riose es Belisario
En El general (Dead Hand, abril de 1945), un militar competente del Imperio moribundo estuvo a punto de ganar la guerra contra la Fundación y es retirado por la desconfianza de su propio emperador, Cleón II, azuzada por el ministro Brodrig. El molde es Belisario, el general de Justiniano que reconquistó buena parte del Mediterráneo occidental para Constantinopla y acabó apartado por sospecha de deslealtad. El propio Asimov reconoció que tomaba episodios concretos de la historia romana y bizantina para armar sus crisis.
El Mulo es la parte que Gibbon no puede explicar
La psicohistoria funciona con masas enormes y no predice individuos. Gibbon, que escribe una historia poblada de emperadores, usurpadores y generales, tiene el mismo problema desde el otro lado: cuenta la caída como resultado de causas de fondo y a la vez dedica páginas y páginas a decisiones personales que la aceleran o la retrasan.
El Mulo (The Mule, noviembre-diciembre de 1945) es Asimov metiendo el dedo en esa grieta. Un mutante que altera emociones convierte la variable individual en la única que importa y tumba el Plan Seldon. La saga se pasa el segundo libro y medio limpiando ese estropicio. Cuando Asimov era más ambicioso, no era escribiendo Roma en el espacio: era preguntándose qué le pasa a una historia con leyes cuando aparece algo que las leyes no contemplaban.
Dónde se pasa de frenada la comparación
- El Plan Seldon no tiene equivalente. Gibbon explica una caída; Seldon la administra y la acorta de treinta mil años a mil. Ninguna fuente antigua ofrece nada parecido a eso.
- La Segunda Fundación tampoco. No hay una élite secreta de mentalistas en el relato de Gibbon, por más que se quiera ver en ella a la Iglesia o a la burocracia bizantina.
- Términus no es Bizancio. Se repite mucho, y no encaja: Constantinopla es la continuidad del Imperio, mientras que Términus nace como periferia y crece contra el centro.
- Los años 40 pesan tanto como Roma. Los relatos se escriben durante la Segunda Guerra Mundial y con el auge del pensamiento estadístico y la sociología cuantitativa de fondo. La psicohistoria bebe de ahí, no de Gibbon.
Cómo leerlo si quieres hacer la prueba
No hace falta tragarse los seis volúmenes. En español circulan versiones abreviadas de Gibbon junto a la edición íntegra, y con las cien primeras páginas de una abreviada ya tienes el tono: la ironía, la sensación de un proceso lento e imparable, el gusto por el detalle administrativo. Léelas después de la trilogía, no antes, y luego vuelve a El general. La escena del general leal al que su emperador no puede permitirse dejar ganar se lee distinta cuando sabes que ese hombre existió.
Si prefieres quedarte dentro de la ciencia ficción, la relectura mínima son tres relatos: Los alcaldes para la religión como herramienta, Los comerciantes príncipes para su caducidad y El Mulo para el momento en que el sistema entero se rompe.