«La infancia del mundo», de Michel Nieva: la pampa a cuarenta grados y un niño mosquito

Hay una escena, al principio del libro, en la que un crío espera a que suene el timbre del colegio. Está en Victorica, provincia de La Pampa, y sus compañeros —capitaneados por un matón al que llaman el Dulce— llevan todo el curso riéndose de él. El crío es un mosquito de tamaño humano. Tiene trompa. Su madre tampoco lo soporta. Fuera del aula la temperatura media del planeta ronda los cuarenta grados y el mar empieza a unos kilómetros, donde antes había campo y vacas.
Eso es «La infancia del mundo», la novela que el argentino Michel Nieva publicó en Anagrama en 2023. Y esa escena explica por qué merece la pena: el desastre climático no se anuncia, no se argumenta, no aparece en un informe que alguien lee en voz alta. Está ahí de fondo, como está el ruido del tráfico en una novela de ahora. Lo que ocupa el primer plano es un niño al que insultan en el recreo. La ciencia ficción lleva un siglo hablando del presente exactamente así, y por eso conviene leer este libro con las gafas de la casa puestas.
El mapa: el Caribe Pampeano, año 2272
Nieva sitúa la acción en 2272. Setenta y cinco años antes, en 2197, se han derretido los últimos hielos de la Antártida y la geografía argentina ha quedado irreconocible: la llanura pampeana es ahora un archipiélago de aguas templadas que en el libro se llama el Caribe Pampeano. Siempre es verano. Palabras como «nieve» o «invierno» han caído en desuso, igual que a nosotros se nos han caído «casete» o «telegrama».
Ese detalle —el vocabulario que se oxida— vale más que veinte páginas de explicación. Nadie en la novela se escandaliza por el calor. El calor es el mundo. Nieva no escribe sobre la catástrofe: escribe desde el día después, cuando ya se ha normalizado y lo que preocupa a la gente vuelve a ser el dinero, el aburrimiento y a quién se humilla en clase.
Virofinanzas: el mercado aprende a apostar por los virus
La otra idea gorda del libro es económica. En 2272 los especuladores ya no apuestan por empresas sino por patógenos: compran y venden posiciones sobre la propagación de virus y bacterias. Se llaman «virofinanzas» y son el motor de la trama, porque el niño dengue descubre en algún momento que su nacimiento no fue un accidente genético sino el resultado de un experimento corporativo hecho sobre las capas más pobres de la sociedad, con fines de mercado. A partir de ahí el libro se desmadra y se vuelve una carnicería.
Hay además una multinacional de ingeniería planetaria que promete adaptar la Antártida Argentina, Marte, Júpiter y sus lunas a las exigencias del turismo internacional. La catástrofe no cierra el negocio: abre uno nuevo. Ese es el chiste amargo que sostiene la novela entera.
«Cristianos vs. Indios», el pasado como parque temático
El hallazgo que más se ha comentado del libro es un videojuego de realidad virtual llamado «Cristianos vs. Indios», en el que los usuarios se meten dentro de la Campaña del Desierto —la ocupación militar de la Patagonia y la pampa a finales del siglo XIX— y juegan del lado de los vencedores. También hay versiones ambientadas en la Antártida, en Júpiter y en Marte, que es la misma partida con otro decorado.
Nieva está diciendo una cosa muy concreta con eso: que el exterminio que fundó su país y la terraformación de un planeta son la misma operación mental, y que en su futuro se ha convertido en entretenimiento de fin de semana. Un lector que llegue desde la ciencia ficción clásica reconocerá el mecanismo sin esfuerzo. Es lo que hacía Frederik Pohl cuando escribía sobre publicidad, y lo que hace cualquiera que convierta una tesis en un cacharro que los personajes usan sin pensar.
Por qué esto es ciencia ficción de la vieja escuela
Asimov nunca escribió sobre el clima, pero sí escribió sobre la superpoblación, y lo hizo del mismo modo. En «Bóvedas de acero» (The Caves of Steel, 1954) no hay una sola página que argumente contra el hacinamiento: hay comedores comunales, raciones, levadura disfrazada de comida y un detective para el que comer en su propia casa es un privilegio de estatus. La idea llega por la cocina, no por el ensayo.
El calor como paisaje tiene un antecedente aún más claro: «El mundo sumergido» (The Drowned World, 1962), donde J. G. Ballard dejó un Londres tropical y anegado, con lagartos en las escaleras de los hoteles. La diferencia es de autoría del desastre. En Ballard la culpa era del Sol; en Nieva somos nosotros, y encima hay quien está ganando dinero con ello. Ese desplazamiento resume bastante bien lo que ha pasado en el género en sesenta años.
Lo que no convence a todos los lectores
No es un libro cómodo de recomendar a cualquiera. La prosa mezcla picaresca gauchesca, manga, terror corporal y una cantidad notable de chistes escatológicos adolescentes; a algunos lectores les parece parte del gag y a otros les cansa hacia la mitad. Y hay un elemento fantástico tardío —unas piedras conectadas a la memoria del planeta, la Gran Anarca— que varios reseñistas consideran mal encajado, resuelto de forma brusca justo cuando el libro tenía que aterrizar.
Nos parece una objeción legítima y, aun así, el libro se sostiene: son unas ciento sesenta páginas, va a toda velocidad y la mitad de las imágenes se te quedan puestas.
Por dónde entrar
Si quieres probar antes de comprometerte, el origen de todo es el relato «El niño dengue», que ganó un premio O. Henry en 2022 y que contiene el núcleo de la novela. Si vas directo al libro, la edición está en Narrativas Hispánicas de Anagrama (2023). En inglés salió en febrero de 2025 como Dengue Boy, traducido por Rahul Bery, y esa versión fue finalista del premio Locus 2026 a mejor novela traducida, que es la señal de que el género anglosajón se ha dado por enterado.
Del autor conviene saber dos cosas más. Nació en Buenos Aires en 1988, estudió Filosofía en la UBA y se doctoró en Nueva York; y en 2021 la revista Granta lo incluyó en su lista de los veinticinco mejores narradores jóvenes en español, junto a Martín Felipe Castagnet y Camila Fabbri. Antes de esta novela había publicado ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? (2013), un título que le guiña a Philip K. Dick desde la primera palabra y que deja claro de qué biblioteca viene.
Para quien haya llegado a la ciencia ficción por Asimov y sospeche que lo contemporáneo es otra cosa: aquí está el mismo oficio de siempre, una idea llevada hasta sus consecuencias, solo que el futuro huele a humedad y tiene mosquitos.
