«La sensación de poder»: el cuento de Asimov que se cita mal cada vez que sale una IA nueva

Cada vez que sale un modelo de inteligencia artificial nuevo, alguien recuerda un cuento de Asimov de 1958 en el que la humanidad ha olvidado multiplicar. Es La sensación de poder, y la versión que circula suele ser esta: fallan las calculadoras, cunde el pánico, un hombre redescubre la aritmética a lápiz y todos lo toman por brujo.
Esa versión es más cómoda que el cuento. En el original no falla ninguna máquina, no hay pánico y nadie toma a nadie por mago. Lo que hay es una guerra, un hallazgo y un uso para ese hallazgo que es la razón por la que el cuento sigue en pie sesenta y siete años después.
Qué se publicó exactamente
«The Feeling of Power» apareció en el número de febrero de 1958 de If: Worlds of Science Fiction. Son unas cuatro mil palabras. Asimov lo escribió con cuarenta y siete años, en plena etapa de relatos cortos, y ha acabado en decenas de antologías; en español circula sobre todo como La sensación de poder.
Lo que pasa de verdad
La Federación Terrestre lleva generaciones en guerra con Deneb. Toda la civilización funciona con ordenadores, hasta el punto de que nadie sabe hacer una cuenta a mano: la aritmética existe como concepto histórico, no como habilidad.
Myron Aub es un técnico de rango bajo, de los que mantienen máquinas sin entenderlas del todo. Por curiosidad, se pone a estudiar ordenadores antiguos —los que en su día programaron personas— y deduce marcha atrás cómo se sumaba y se multiplicaba con papel y lápiz. Se lo enseña a Shuman, un programador de arriba, que entiende enseguida lo que tiene delante. Le ponen nombre: grafítica.
Hasta aquí, la versión popular aguanta. A partir de aquí, no.
Para qué sirve el descubrimiento
Nadie trata a Aub como a un mago. Lo que hacen los militares es una cuenta muy distinta: si un ser humano puede calcular una trayectoria, se pueden quitar los ordenadores de los misiles y poner personas dentro.
El motivo no es romántico. Es contable. Una computadora cuesta mucho y no es reemplazable en mitad de una guerra; una persona entrenada en grafítica sale barata y se puede perder. El propio texto lo llama por su nombre: la ventaja de la nueva ciencia es que devuelve al hombre a la ecuación como pieza prescindible.
Aub se suicida al entender en qué han convertido lo que descubrió por curiosidad.
Y el cierre, que es de los mejores de Asimov: después del funeral, Shuman se pone a multiplicar mentalmente, sin ninguna máquina, y siente algo parecido al orgullo. Esa es la sensación de poder del título. No la del que sabe: la del que descubre que puede prescindir del que sabe.
De qué año viene esta idea
Conviene situarlo, porque cambia cómo se lee. Cuando Asimov publica esto, en febrero de 1958, el Sputnik llevaba cuatro meses en órbita y Estados Unidos acababa de responder con el Explorer 1, en enero. La conversación pública era exactamente esa: quién domina la técnica y qué se hace con ella.
Y hay un detalle que hoy se pierde. En 1958, un ordenador era un armario del tamaño de una habitación que costaba una fortuna y lo tenían cuatro instituciones. Que alguien propusiera sustituir una máquina así por un hombre porque el hombre sale más barato no era una metáfora: era una cuenta que en aquel momento salía. El cuento no exagera hacia el futuro, describe la aritmética de su propia época y la lleva a su conclusión.

Por qué la versión falsa se pega mejor
La confusión no es casual, y merece la pena entenderla porque dice algo del momento.
La versión que circula —se rompen las máquinas, el saber humano nos salva— es una fábula tranquilizadora. Sitúa el peligro fuera (un fallo técnico) y coloca al ser humano de héroe. Sirve para animar a un sobrino a que aprenda a dividir.
El cuento de verdad no consuela. Dice que el problema no es olvidar, sino quién manda cuando te acuerdas. Aub recupera un saber perdido y el sistema lo convierte en munición en cuestión de páginas. La habilidad recuperada no libera a nadie: abarata la guerra.
Qué tiene que ver con las máquinas de ahora
El cuento se cita cada vez que aparece una herramienta que hace por nosotros algo que sabíamos hacer, y casi siempre para decir lo mismo: cuidado, que se nos va a olvidar.
Es una lectura legítima, pero se queda corta y además es la de la versión falsa. Asimov no escribió sobre la pereza. Escribió sobre qué se hace con la capacidad cuando vuelve, y sobre quién decide eso. En el cuento no lo decide Aub, que es quien lo descubrió: lo deciden los que llevan la guerra.
Traducido a hoy, la pregunta interesante no es si vamos a saber escribir sin ayuda. Es quién es el dueño de la máquina, qué le sale a cuentas y qué pasa con la persona cuando resulta ser el recurso barato de la ecuación. Que es, curiosamente, la conversación que ya está encima de la mesa en media Europa.
Si quieres leerlo
Son veinte minutos. Está en Nueve futuros (Nine Tomorrows, 1959), la antología donde Asimov lo recogió por primera vez, y en varias recopilaciones posteriores de sus relatos completos. En inglés se encuentra con facilidad; en español conviene mirar el índice antes de comprar, porque el título traducido varía de una edición a otra.
Y un consejo de lectura: no vayas al final buscando la moraleja. La frase que lo explica todo está en la conversación de los militares, a mitad del cuento, y pasa tan deprisa que es fácil no verla.