Qué cambia la serie de Fundación de Apple respecto a los libros de Asimov
La respuesta corta: cambia casi todo lo estructural y conserva casi todo lo conceptual. La serie de Apple TV+, estrenada en septiembre de 2021 con David S. Goyer al frente, mantiene la psicohistoria, el Plan Seldon, Términus, la caída del Imperio Galáctico y los treinta mil años de barbarie que hay que reducir a mil. Lo que reescribe es el andamiaje: quién protagoniza, cuánto dura cada personaje en pantalla y cómo se cubren los siglos que separan una crisis de la siguiente.
Eso no ocurre por capricho. La trilogía original —Fundación (Foundation, 1951), Fundación e Imperio (Foundation and Empire, 1952) y Segunda Fundación (Second Foundation, 1953)— nació como relatos sueltos publicados en la revista Astounding Science Fiction entre 1942 y 1950. Cada uno tiene su propio elenco, y entre uno y otro pueden pasar ochenta años. No hay protagonista. Casi no hay acción: la mayoría de los conflictos se resuelven con dos hombres hablando en un despacho. Una serie de televisión que quiera durar varias temporadas no puede funcionar así, y el equipo de Goyer decidió inventar los mecanismos que faltaban.
Personajes que cambian de género
Gaal Dornick. En el libro es un matemático joven llegado del planeta Synnax que sirve de testigo en el primer bloque, Los psicohistoriadores —escrito expresamente para la edición de 1951, no publicado antes en revista—. Cumple su función y desaparece. En la serie, Gaal es una mujer (Lou Llobell), sigue viniendo de Synnax y se convierte en el hilo conductor de todas las temporadas.
Salvor Hardin. En Fundación es el primer alcalde de Términus, un político de manual que resuelve la crisis de Anacreonte enfrentando a los reinos vecinos entre sí y montando una religión alrededor de la tecnología. Suya es la frase más citada de la saga: la violencia es el último recurso del incompetente. En la serie es una mujer (Leah Harvey), guardiana de Términus, y su función es más de acción que de maniobra política. La serie además la vincula por sangre a Gaal, un parentesco que en los libros no existe ni podría existir, porque los separan más de cien años.
Demerzel. Aquí el cambio es doble. Eto Demerzel aparece en Preludio a la Fundación (Prelude to Foundation, 1988) como primer ministro del emperador Cleón I, y Asimov revela que bajo esa identidad está R. Daneel Olivaw, el robot de las novelas policíacas de Elijah Baley. En la serie, Demerzel (Laura Birn) es una robot con apariencia femenina, mucho más presente y atada por obligación a la dinastía imperial. La serie la coloca en el centro del Imperio; el libro la usa como una pieza que se revela al final.
La dinastía genética: invención pura
Los Hermano Alba, Hermano Día y Hermano Ocaso —tres clones de Cleón I en distintas edades que se reemplazan cíclicamente— no aparecen en ninguna página escrita por Asimov. Son el invento más grande de la serie y, a la vez, el más funcional: permiten que Lee Pace y sus compañeros de reparto sigan en pantalla mientras pasan los siglos, y convierten al Imperio en un personaje continuo.
En los libros el Imperio se degrada casi fuera de campo. En la primera novela el emperador ni siquiera es un personaje relevante; Cleón II aparece en Fundación e Imperio como el emperador al que sirve el general Bel Riose, y su función es mostrar que el poder imperial ya se autodestruye por dentro. Asimov no necesitaba caras: le bastaba con informes, embajadas y decadencia administrativa.
El tiempo, que es el verdadero problema
La trilogía cubre unos cinco siglos. Asimov saltaba de una crisis a la siguiente con un corte seco entre relatos y personajes nuevos cada vez. La serie necesita continuidad, así que fabrica tres soluciones: el criosueño para Gaal, los clones para el Imperio y una Bóveda que en pantalla es una entidad activa. En Fundación, la Bóveda del Tiempo es un dispositivo pasivo: Hari Seldon dejó grabados unos mensajes que se reproducen en fechas concretas, sin capacidad de responder ni de intervenir. La serie convierte esas grabaciones en copias digitales que conversan, discuten y toman decisiones, algo que en el original no existe.
La serie también adelanta material. Los poderes mentales, que en la saga escrita llegan con el Mulo en Fundación e Imperio y con Wanda Seldon en Hacia la Fundación (Forward the Foundation, 1993, publicada tras la muerte de Asimov en 1992), aparecen mucho antes en pantalla. Y toma piezas de las precuelas —Raych, Demerzel, la propia figura de Seldon joven— para mezclarlas con la trilogía clásica, que fue escrita cuarenta años antes.
Dónde discrepan los lectores
Hay dos posturas bastante nítidas entre quienes han leído los libros. Una sostiene que el material no admite otra cosa: sin protagonista fijo, sin acción y con un reparto femenino casi inexistente hasta Bayta Darell en El Mulo (1945), una adaptación literal sería una antología de televisión de episodios inconexos. Los intentos de llevar Fundación a la pantalla llevaban décadas encallados antes de Apple, y ese historial refuerza el argumento.
La otra postura señala que los cambios no son solo de forma. La saga escrita defiende que las fuerzas históricas pesan más que los individuos: las crisis se resuelven porque las condiciones económicas y sociales no dejan otra salida, no porque alguien sea heroico. Una serie construida sobre tres o cuatro personajes que atraviesan siglos afirma justo lo contrario. Quien se queda con esa lectura tiene razón en que se ha invertido el motor de la obra, no solo su decoración.
Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez, y probablemente lo son.
Qué hacer si vienes de la serie
Empieza por Fundación (1951) sin esperar reencontrar lo que has visto. Los primeros capítulos te van a parecer secos y sin personajes a los que agarrarte: es intencionado. Si aguantas hasta Fundación e Imperio y la aparición del Mulo, ahí está el giro que sostiene toda la saga y que la serie ha empezado a desplegar en su tercera temporada. Y si lo que te interesa es el Imperio y Demerzel, Preludio a la Fundación (1988) te dará el material del que la serie ha sacado buena parte de su mitología, aunque lo haya reorganizado entero.