Las secuelas de Fundación: por qué Asimov volvió a la saga treinta años después

Cuando su editor de Doubleday volvió a sacar el tema —y ya había perdido la cuenta de las veces—, Isaac Asimov contestó lo de siempre: que él escribía divulgación, que la ciencia ficción se le había quedado atrás, que llevaba desde Los propios dioses (The Gods Themselves, 1972) sin publicar una novela del género y que estaba encantado así. La respuesta de la editorial fue subir la cifra del adelanto hasta que dejó de resultar cómodo decir que no. Asimov contó después que la cantidad —cincuenta mil dólares— le dio verdadero pánico, porque significaba que alguien esperaba de aquel libro mucho más de lo que la saga había dado nunca.
Así nació Los límites de la Fundación (Foundation’s Edge, 1982), veintinueve años después de Segunda Fundación (Second Foundation, 1953). Y ocurrió algo que no había pasado con ninguno de los libros anteriores: entró en la lista de más vendidos del New York Times. Era el primer título de Asimov que lo conseguía, después de más de doscientos libros publicados.
La trilogía que todo el mundo admiraba y casi nadie compraba
Conviene recordar de dónde venía. Los relatos originales aparecieron en Astounding entre 1942 y 1950, y los recopiló una editorial pequeña, Gnome Press, en tres volúmenes: Fundación (1951), Fundación e Imperio (1952) y Segunda Fundación (1953). Asimov se quejó durante años de que apenas veía liquidaciones de aquella edición. Los derechos acabaron pasando a Doubleday a principios de los sesenta, y ahí empezó la vida larga de los libros: reediciones constantes, un público fiel y un premio Hugo especial en 1966 a la mejor serie de todos los tiempos, por delante de El Señor de los Anillos. Prestigio, sí. Superventas, no.
Cuando por fin se sentó a escribir la continuación, Asimov hizo algo que no había hecho en décadas: releerse. Y el resultado no le encantó. Se encontró con trescientas páginas de gente sentada en despachos hablando, con la acción sucediendo casi siempre fuera de plano. Ese diagnóstico explica bastante bien cómo es Los límites de la Fundación: hay naves, hay viaje, hay dos protagonistas —Golan Trevize y Janov Pelorat— recorriendo la galaxia en busca de la Tierra y de quien esté moviendo los hilos por encima de las dos Fundaciones. Ganó el Hugo a mejor novela en 1983.
El libro que lo unió todo (para bien y para mal)
Fundación y Tierra (Foundation and Earth, 1986) continúa exactamente donde termina el anterior y hace la jugada más discutida de toda la saga: enlazar el ciclo de la Fundación con el de los robots. Para preparar el terreno, Asimov había escrito entremedias dos novelas de Elijah Baley y R. Daneel Olivaw —Los robots del amanecer (The Robots of Dawn, 1983) y Robots e Imperio (Robots and Empire, 1985)—, y es en esta última donde aparece la Ley Cero. Quien llegue a Fundación y Tierra sin haber leído esos dos títulos se va a encontrar con un final que le suena a truco. Quien los haya leído verá encajar treinta años de obra.
El problema es que ese final no cierra nada. Deja a Trevize tomando una decisión enorme sobre el futuro de la humanidad y la puerta abierta de par en par. Asimov nunca escribió lo que venía después.
Las precuelas: mirar atrás porque adelante no había salida
Lo que hizo fue retroceder. Preludio a la Fundación (Prelude to Foundation, 1988) recupera a Hari Seldon con treinta y dos años, recién llegado a Trántor, todavía sin la psicohistoria hecha y perseguido por media galaxia. Es la novela más ágil de las cinco y la que mejor funciona como puerta de entrada para alguien que no ha leído nada, aunque el giro del último capítulo pierde casi todo su efecto si no conoces los libros de robots.
Hacia la Fundación (Forward the Foundation, 1993) se publicó un año después de la muerte de Asimov, el 6 de abril de 1992. Son cinco bloques que cubren la vida adulta de Seldon hasta el final, y se nota que los escribió un hombre enfermo escribiendo sobre un hombre que envejece y va perdiendo a todos los que quiere. Es el libro más triste de la saga y probablemente el más personal.
La Segunda Trilogía: otros escribiendo en su casa
Con permiso de los herederos, tres autores de primera línea continuaron el universo a finales de los noventa: Gregory Benford con Foundation’s Fear (1997), Greg Bear con Foundation and Chaos (1998) y David Brin con Foundation’s Triumph (1999). Se sitúan alrededor de Hacia la Fundación y tratan de responder a los cabos sueltos, incluido el papel de Daneel.
Conviene tener claro que esto no lo escribió Asimov. Y el resultado es desigual hasta el desconcierto: Benford mete simulaciones de Voltaire y Juana de Arco y una densidad que no se parece en nada al original; Bear firma la más sólida de las tres y la que mejor respeta el tono; Brin se dedica a atar nudos y es la más satisfactoria si lo que buscas es cierre. Hay lectores veteranos que las defienden con argumentos serios y otros que las consideran fanfiction con contrato. Están traducidas al español, pero llevan años difíciles de encontrar fuera del mercado de segunda mano.
Qué leer y en qué orden
Si vienes de terminar la trilogía original y quieres seguir, el orden de publicación es el que mejor funciona:
- Los límites de la Fundación (1982) y Fundación y Tierra (1986), en ese orden y seguidas: son una sola historia partida en dos.
- Antes de la segunda, si puedes, Los robots del amanecer y Robots e Imperio. Cambian por completo lo que entiendes del final.
- Después, las precuelas: Preludio a la Fundación y Hacia la Fundación.
La Segunda Trilogía déjala para cuando hayas leído todo lo demás y te quedes con ganas. Y si solo vas a rescatar un título de los cinco que escribió Asimov en esta segunda etapa, que sea Hacia la Fundación.