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Asimov Ciencia Ficción
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Señales de radio extraterrestres en la ciencia ficción, y la que acaba de llegar de verdad desde Beta Pictoris b

· El archivero

Las señales de radio extraterrestres en la ciencia ficción casi siempre empiezan igual. Una antena, alguien de guardia a deshoras, una lectura que no debería estar ahí. En Contact, la novela de Carl Sagan de 1985, Ellie Arroway oye una secuencia de números primos que llega desde Vega. La película de 1997 convirtió esa escena en una de las más recordadas del género: Jodie Foster con los cascos puestos, escuchando el ruido de fondo del cielo, y de pronto un ritmo.

Este septiembre ha llegado a los periódicos una noticia que suena a esa escena. Un equipo del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian ha detectado ondas de radio procedentes de un planeta de otra estrella, Beta Pictoris b, a 63 años luz. Es la primera vez que una emisión de radio se atribuye sin dudas a un exoplaneta y no a su sol. Los titulares hablaron de «señal histórica» y muchos lectores pensaron lo mismo que habría pensado Arroway.

No hay mensaje. Lo que han captado son auroras.

Lo que la ficción nos enseñó a esperar

La ciencia ficción convirtió la radio en el teléfono de los alienígenas por una razón práctica: es uno de los pocos canales que de verdad podemos escuchar a años luz. Fred Hoyle la usó en A de Andrómeda, la serie de la BBC de 1961 que escribió con John Elliot, donde una señal trae las instrucciones para construir un ordenador. Stanisław Lem le dio la vuelta en La voz del amo, de 1968: un mensaje que los científicos no consiguen entender por mucho que lo estudian. Y en Contact el mensaje esconde los planos de una máquina.

En todas, la señal tiene intención. Alguien la manda.

La realidad tuvo su momento parecido en agosto de 1977, cuando el radiotelescopio Big Ear de la Universidad Estatal de Ohio registró un pico tan raro que el astrónomo Jerry Ehman lo rodeó en el papel impreso y escribió al lado «Wow!». Nunca volvió a aparecer.

Lo que de verdad ha llegado de Beta Pictoris b

Lo de Beta Pictoris b se parece más a un parte meteorológico que a una novela. El radiotelescopio MeerKAT, en Sudáfrica, observó el sistema cuatro veces entre 2025 y 2026. Encontró una emisión de fondo constante y ráfagas cortas que se repiten, entre 0,85 y 3,5 gigahercios.

Esas ráfagas son la radio de las auroras: electrones que caen hacia los polos del planeta guiados por su campo magnético y radian en el camino. Júpiter hace lo mismo, con tanta fuerza que en 1955 dos astrónomos lo oyeron sin buscarlo. Por la frecuencia a la que llega la señal se deduce el campo magnético de Beta Pictoris b: al menos 1,25 kilogauss, miles de veces el de la superficie de la Tierra. Nunca se había medido el magnetismo de un planeta fuera del sistema solar.

Para saber de dónde salía, el equipo usó cuásares lejanísimos como puntos fijos de referencia. Así comprobaron que la emisión venía del planeta y no de la estrella. En las novelas eso se resuelve en una página. En la realidad ha llevado años de intentos fallidos.

Por qué esto le habría interesado a Asimov

El hallazgo toca, sin buscarlo, la pregunta de casi todas las historias del género: dónde puede haber alguien. Un campo magnético protege la atmósfera de un planeta del viento de su estrella. Sin él, el aire se escapa, como le pasó a Marte. Medir campos magnéticos desde aquí servirá para elegir qué planetas mirar con más atención cuando se busque vida.

Beta Pictoris b no es candidato: es un gigante de gas unas diez veces más pesado que Júpiter, sin superficie. Los radiotelescopios actuales aún no pueden hacer lo mismo con planetas pequeños como el nuestro, y el estudio está pendiente de revisión por pares.

Arroway oía números primos. MeerKAT ha oído un planeta con auroras, que es menos novelesco, pero esta señal existe y se puede volver a medir.

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