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Asimov Ciencia Ficción
Archivo independiente sobre Isaac Asimov, su obra y su legado

¿Se parece un motor de fusión real a las naves de la ciencia ficción clásica?

· El archivero
Ilustración técnica al estilo de los años setenta de una sonda interestelar de dos etapas
Ilustración técnica al estilo de los años setenta de una sonda interestelar de dos etapas

Respuesta corta: se parecen en el principio físico y en nada más. Los motores de fusión que se están probando ahora mismo en bancos de ensayo comparten con las naves de la edad de oro la idea de fundir núcleos ligeros y usar lo que sale por detrás. Ahí se acaba el parecido. Esos motores sirven para moverse dentro del sistema solar, y la ciencia ficción clásica casi nunca se molestó en explicar cómo se cruzaba el vacío entre estrellas.

Asimov es el ejemplo perfecto de esa despreocupación. En los relatos de Fundación, publicados en Astounding Science Fiction entre 1942 y 1950 y recopilados en volúmenes por Gnome Press a partir de 1951, el viaje entre mundos se resuelve con el salto hiperespacial. No hay una página dedicada a la termodinámica del asunto. El salto es un supuesto de partida, igual que el ascensor en una novela urbana: existe, funciona, y la historia va de otra cosa. Lo que le interesaba era la psicohistoria, no la tobera.

La ficción se ahorró el problema; la ingeniería no pudo

Esa elección narrativa dejó un hueco que alguien acabó rellenando desde el otro lado. En los años setenta, un grupo de miembros de la British Interplanetary Society se pasó cinco años haciendo el trabajo que los relatos habían saltado: el Proyecto Daedalus, un estudio teórico de ingeniería para una sonda interestelar movida por fusión.

Daedalus importa por una razón concreta. Fue el primer trabajo que trató una nave estelar como un problema de ingeniería integrada y no como un decorado, y con eso movió el viaje interestelar del terreno de la especulación al de la viabilidad discutible. Discutible es la palabra: nadie afirmó que se pudiera construir entonces. Se afirmó que las leyes de la física no lo prohibían y que podía dibujarse.

En 2009, la misma sociedad y varios colaboradores retomaron el asunto con el Proyecto Icarus, un rediseño voluntario e internacional que aprovecha tres décadas de avances posteriores. También con fusión. Es llamativo que, en cuarenta años de propuestas serias, el mecanismo no haya cambiado.

Esquema dibujado a mano de un motor de fusión sobre papel milimetrado

Qué hay en 2026 encendido de verdad

Dos empresas están construyendo hardware, y conviene separar lo que han hecho de lo que anuncian.

Pulsar Fusion

El 25 de marzo de 2026, esta compañía británica anunció haber generado y confinado plasma por primera vez en el sistema de escape de Sunbird, su motor de fusión para el espacio. Su diseño, el Dual Direct Fusion Drive, no busca electricidad: expulsa las partículas cargadas de la reacción para obtener empuje. Como objetivo del motor acabado publica entre 10.000 y 15.000 segundos de impulso específico, velocidades de escape de 98 a 147 kilómetros por segundo y dos megavatios eléctricos. Sunbird está pensado como un remolcador reutilizable que se acopla en órbita a otra nave, y la empresa sitúa en 2027 una demostración de sus componentes principales.

Helicity Space

Trabaja con un enfoque distinto, la fusión magneto-inercial: comprimir chorros de plasma con campos magnéticos. Levantó una ronda semilla de cinco millones de dólares en diciembre de 2023 con Airbus Ventures y Voyager Space entre los inversores, y después entró también Lockheed Martin Ventures. Su calendario público apunta a un vuelo de prueba en 2032 con la fusión reforzando propulsión eléctrica solar.

El número que estropea la fantasía

Aquí llega el matiz que separa un motor bueno de una nave estelar, y es aritmética de servilleta. Tomemos la cifra alta de Pulsar: 147 kilómetros por segundo de velocidad de escape. Es una barbaridad comparada con un cohete químico. Y es el 0,05 % de la velocidad de la luz.

Redondeando a 100 kilómetros por segundo de velocidad de crucero, Próxima Centauri, que está a 4,24 años luz, queda a unos 12.700 años de viaje. No 12.700 años de una civilización decadente al estilo de Trántor: 12.700 años de una máquina funcionando sola. Eso no es una nave estelar, es una cápsula del tiempo con tobera.

Por eso Daedalus e Icarus no proponían encender un motor y esperar. Proponían arquitecturas de varias etapas diseñadas para alcanzar una fracción apreciable de la velocidad de la luz, con todo lo que eso arrastra: cantidades de combustible que no se extraen de la Tierra, blindaje contra el polvo interestelar a esa velocidad y una sonda que sobrevuela el destino sin frenar, porque frenar cuesta tanto como acelerar.

Dónde discrepan los lectores

Hay quien sostiene que la edad de oro se equivocó de lleno al inventarse el hiperespacio, y que los autores duros de los sesenta y setenta fueron más responsables al ceñirse a lo posible. La objeción tiene un problema: una historia con motores realistas obliga a que la trama dure siglos o a que no salga del sistema solar. Asimov quería un imperio galáctico con correo, política y crisis cada pocas décadas, y para eso el salto no era una trampa sino un requisito estructural. La ucronía funciona igual, y de eso ya hablamos en esta otra entrada: se cambia una variable y se aceptan sus consecuencias con rigor.

La otra discrepancia es de expectativas. Cuando una empresa titula que su motor recorta el viaje a Marte a la mitad, muchos lectores oyen «ya casi estamos con las estrellas». Un primer plasma no es una reacción de fusión con ganancia neta, y ese salto es precisamente donde los reactores terrestres llevan décadas.

Qué leer si esto te ha picado

Para ver la versión novelada del problema, los relatos de Fundación en su orden de publicación dan la medida de cuánto se ahorró Asimov con el hiperespacio. Para la versión de ingeniería, los informes de Daedalus y los artículos de Icarus siguen siendo el material de referencia y están escritos para que un lector paciente los siga. Y si quieres saber qué parte de la obra de Asimov se está pareciendo de verdad a la ciencia real, la respuesta no está en las naves: está en la psicohistoria.

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